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10 febrero 2026

El Blog del Marketing

Que las musas te pillen trabajando

¿Cuáles son las circunstancias que hacen que una persona tenga éxito, profesionalmente hablando?


Pues desde luego la respuesta no puede ser única ni sencilla, porque en mi opinión hay una serie de factores que en mayor o menor medida, y dependiendo de las circunstancias, pueden influir en que una persona se convierta en un referente para el tejido empresarial.


empresarios exitosos


Si pienso en España, me vienen a la cabeza historias reales de personas exitosas como Amancio Ortega (Inditex), Juan Roig (Mercadona) o Emilio Botín (Banco Santander) entre muchos otros. Pero podríamos mirar fuera de nuestras fronteras y pensar en gente como Elon Musk (el hombre más rico de la historia de la humanidad y actualmente dueño de Tesla o X entre otras muchas empresas), Mark Zuckenberg (Facebook) o el propio Steve Jobs (Apple).


Estoy seguro que cada una de estas personas (y muchas más que seguramente podrían usarse como ejemplo) ha tenido su propio camino, con situaciones diferentes que solventar, contextos diversos. Pero lo cierto es que el éxito de sus proyectos empresariales es un hecho, e independientemente de lo que ocurra en unas décadas, la durabilidad de las mismas representa en sí mismo un triunfo. Ahora bien: ¿cuáles creeis que son los factores comunes al éxito empresarial?


  1. Preparación: ¿es acaso necesario tener una carrera universitaria o/y un máster para triunfar? Desde luego, tener una buena base de conocimientos ayuda, pero no es una condición indispensable para alcanzar el tan ansiado éxito. Identificar las ideas, visualizar las oportunidades y lanzarse al vacío tras un sueño puede ser tan útil como haber estudiado cuatro, cinco o seis años. Se trata de entender las necesidades del momento, anticiparse a los demás.


  1. Momentum: cuántas veces pienso que el momento de las cosas está muy relacionado con la suerte, o la ausencia de ella. En muchos aspectos de la vida. “Casualmente, aquel día estaba allí” y eso hizo que… O justo al contrario. Lamentablemente hemos vivido situaciones dramáticas recientemente, y salen a la luz todo tipo de anécdotas de la suerte que tuvo Fulanito o Menganito de no subirse a ese tren, “porque justo ese día…” 


Pero dejadme parar aquí un segundo, ya que ni todo es suerte, ni el momento de las cosas  es todo lo que acaba determinando su éxito. ¿Conocéis la historia del coche amarillo? Dejadme que os la cuente en un momento, porque eso nos llevará directamente al siguiente factor de éxito:


  1. Si os pregunto: ¿cuántos coches amarillos te has cruzado esta mañana en tu trayecto desde casa al trabajo?, ¿sabrías contestarme? Seguramente no. Podrías intentar darme un número al azar, pero la precisión del mismo dejaría mucho que desear, ¿por qué? Porque vamos por la vida demasiado deprisa, sin prestar atención a los detalles. Y nuestra poca exigencia hace que sea más fácil echarle la culpa a la “mala suerte” que tratar de prestar una atención real a lo que nos rodea.


Si en cambio os digo que os daré 200€ por cada coche amarillo que identifiquéis en vuestro trayecto al trabajo, ¿pensáis que el número será acertado? ¿más acorde a la realidad? Todos ahora mismo sabemos la respuesta. Demostramos aquí que no es una simple cuestión de suerte (o de mala suerte), sino una cuestión de actitud. Lo que cambia entre una situación y otra es la atención que prestamos. A las cosas, a la gente, al entorno, a los detalles… A las oportunidades.


  1. Perseverancia: Lo efímero no es duradero. Por definición. Las cosas no siempre salen bien a la primera. Pero si crees en algo, si has identificado la oportunidad porque prestas atención, si tienes los conocimientos y estás preparado y realmente crees que ese es el camino, la capacidad de insistir, la resiliencia y la paciencia, pueden llevarte al éxito. Quizás no llegues en el “fast track”, pero no siempre llegar el primero es sinónimo de éxito. A veces es mejor llegar bien asentado y con experiencias que te hayan sumado durante el camino.


  1. Entorno: Quizás parezca la variable sobre la que menos control podemos tener, pero realmente creo que la adaptación al entorno es una cualidad que lo determina absolutamente todo. Tener una buena idea cuando el mercado no está preparado, puede llevarte a fracasar, e incluso a que un buen copiador venga después y lanzando la misma idea se convierta en un éxito… simplemente porque el mercado ya está maduro, o los clientes demandan eso que viste antes de tiempo. También son importantes las cuestiones regulatorias, el mercado exterior, los competidores y muchos otros aspectos.


  1. Equipo: Soy un ferviente defensor de la importancia del equipo para el éxito de cualquier proyecto. Me considero afortunado, ya que siempre he estado rodeado de profesionales de primer nivel, aunque también creo (así me lo ha hecho saber algún jefe) que algo de mérito tengo por poder gestionar y retener a un grupo tan talentoso de profesionales. Lo cierto es que me parece importante que trates a la gente como te gustaría que te trataran a ti. Delega, déjales crecer, apóyalos cuando lo necesiten. Sé cercano pero sin llegar a ser un colega, y exigente pero sin comportarte como un tirano. Y sobre todo, por encima de todo, céntrate en las cosas positivas y refuerza las que no salieron tan bien para que las cosas cambien y salgan mejor la próxima vez. 


Ah, y muy importante (y esto lo he visto con mis propios ojos): un jefe está para poner la espalda y echarse a los hombros la responsabilidad en el caso de que algo salga mal, y para dejar que el equipo se ponga las medallas en los éxitos. Os parecerá imposible, pero he visto muchísimas veces justo lo contrario y me parece muy rastrero e impropio de alguien que debería actuar con el ejemplo. Un líder en las buenas y en las malas ha de comportarse como tal y no como un cretino.



En definitiva, pocas cosas ocurren por casualidad. Todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad sobre nuestra propia historia personal. No podemos tener el 100% bajo control por mucho que queramos, y como decía Picasso, siempre es mejor que las musas te pillen trabajando.


14 octubre 2025

El Blog del Marketing

Reflexión. Aprendizaje. Acción-reacción. Palo-zanahoria

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo aprendemos los seres humanos? 

Siempre pensé que el aprendizaje es un proceso natural, que en una primera etapa, cuando desarrollamos nuestra personalidad, se basa en la observación de nuestro entorno.

Si cuando tienes 2 años vas a lo loco por la casa y te pegas cinco coscorrones con el pico de la mesa, la siguiente vez que pases por ahí, o en alguna de las siguientes, pasarás más despacio porque tu cerebro asocia el hecho de pasar como un loco en una zona concreta, con la situación (dolorosa) de llevarse un coscorrón.


Huelga decir que un bebé no lleva a cabo un proceso de reflexión para cambiar su comportamiento. Pero antes o después, lo cambia. ¿Instinto? Seguramente sea algo parecido. No es muy diferente la forma en que se educan a las mascotas. Un perro que hace pis en el salón, recibirá un estímulo negativo en forma de gritos, amenazas con el dedo, o algún que otro coscorrón (aún recuerdo a mi tío Manolo zurrando a sus perros con papel de periódico enrollado… y no eran chuchos precisamente. Eran dos doberman casi más altos que él). Después de hacer pis varias veces y darse cuenta que recibe estímulos negativos, o que cuando lo hace donde tiene que hacerlo los recibe positivos, el perro termina aprendiendo. Y es evidente que un perro de esos que ladran, tiene cuatro patas, rabo y un montón de pelo, no tiene capacidad de reflexionar.

Palo y zanahoria. Esímulo negativo si falla y la esperanza de uno positivo si su comportamiento es el esperado por su dueño. Los perros bien educados aprenden rápido. Por eso es importante que haya un buen amo y un buen perro. Pero en los casos en los que no se dan ambas premisas, terminan aprendiendo de un modo más lento pero, a medio y largo plazo, igualmente efectivo.

Yo siempre he presumido de tener la capacidad de tomar decisiones de forma más o menos instintiva. Sin ser consciente de reflexionar como tal. No me quedo “tostao” y digo, venga Pedro, reflexiona sobre esto. ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué no? ¿Cómo hacerlo diferente? ¿Qué te hace sentir esto o aquello? Quizás por comodidad o por puro desconocimiento, creo que no tengo esa habilidad que otras personas tienen. Se me ocurren varios ejemplos de personas que conozco y a las que admiro, que tienen ese don. Yo tengo otros (cazar moscas o acertar con la gente con apenas 2 minutos de conversación y mierdas de ese tipo). Pero lo cierto es que no soy una persona reflexiva, y quizás si lo fuera…

Me equivoco. Mis errores tienen consecuencias. Mis errores afectan a otros. Personas a las que quiero. Y asumiendo que no he sido capaz de reflexionar previamente a dichos errores, ¿soy capaz de hacerlo después? Se supone que, como he dicho en los primeros párrafos de este extraño post escrito a bordo de un avión entre Berlín y Madrid, los seres humanos aprendemos copiando conductas en una fase inicial, y con estímulos positivos y negativos después. Acción reacción. Gestión del fallo, y asunción de las consecuencias. Me pasa a mí y le pasa a Dora la Exploradora. Le ocurre al ser humano.

Pero no debe ser tan sencillo, ¿verdad? Porque si lo fuera, cuando cometes un error, no vuelves a cometerlo. Porque después del palo, viene la reflexión y la consecuente acción para corregir tu comportamiento. ¿Acaso se supone que un perro bien educado empezará a mearse en medio del salón cuando tenga ya diez años? Sería raro. Pero dicen que las personsa somos los únicos animales que tropezamos dos veces con la misma piedra. 


arrastrado


Me pregunto qué es más fuerte para una persona. Su forma de ser y de actuar o el efecto del aprendizaje a lo largo de los años. Un perro puede ser ansioso y juguetón. Puede ser inquieto y morder a su dueño de forma natural, pero es capaz de obedecer, y una correa tensa le hace sentir que se espera algo distinto de él. Un palo le hará comportarse distinto la próxima vez. Pero se supone que las personas tenemos la capacidad de pensar y reflexionar. Solo que cuando no es algo que tenemos naturalizado, cuesta. Cuando no tenemos creado el hábito, cuesta decir, “venga, voy a pensar sobre esto o sobre aquello”.

¿Conocéis los procesos en back? Son como las aplicaciones que dejamos abiertas en el móvil o en el portátil y que siguen consumiendo recursos “por detrás”, aunque tú estés usando otra aplicación. Aplicación cuyo rendimiento, por cierto, se verá comprometido por esas otras ventanas que tienes abiertas y que tu mente ha olvidado para centrarse en la aplicación primaria, como estoy haciendo yo con este post. Siempre he pensado que yo pienso en back. Quizás sean “reflexiones de baja intensidad. No lo sé, pero joder… si tengo 51 años y no soy consciente de haberme puesto a pensar / reflexionar sobre nada o casi nada, solo caben dos posibilidades:

O soy imbécil, o tengo otra forma de reflexionar. 

Y… yo qué sé. No me gusta pensar que soy imbécil, porque además creo que no lo soy. O no mucho. Pero cierto es que como todas (o muchas de) las decisiones que tomo en mi vida surgen de “forma natural”, casi espontánea y sin procesos de reflexión profunda y conciencuda, pues será que pienso en back. O que soy gilipollas, que ahora que lo pienso, también puede ser.

En fin. Sea como fuere, aquí queda mi “reflexión de andar por casa”. Y permitidme que os desvele un secreto, porque a lo mejor os pensáis que llevo rato rumiando estas palabras. Reflexionando este post.

No funciono así. Quizás te parezca extraño, pero simplemente coloco los dedos sobre el teclado y las palabras van apareciendo una tras otra, a velocidad de vértigo. Llámalo x. Me da igual una cosa que la contraria. Ah, y por cierto, no me gusta revisar lo que he escrito, salvo para corregir alguna expresión que cuando lo leo una segunda vez, siento que sonaba distinto en mi cabeza, y que en ese corto viaje que une cerebro-dedos-pantalla, ha debido traspapelarse o tomado vida propia. Como el Demogordon de Stranger Things. Toma paranoia. Chúpate esa. Gratis total.

Y ahora, si no os importa y en vista de que estoy empezando a decir tonterías, voy a reflexionar sobre alguna que otra cosa, aprovechando que todavía me quedan dos horas de vuelo. ¿Veis como nunca es tarde para aprender? 

Guau, guau, guau.