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23 de octubre de 2014

Miserias desde un aeropuerto cualquiera


Los aeropuertos son lugares fríos y hasta cierto punto inhóspitos y hasta cierto punto nostálgicos. Son el último punto de contacto de nuestro origen, con lo cual, lugar que unos no quieren abandonar… y también es el principio del destino para otros que ansiosos esperan pasar página y volver a casa.

También es un sitio donde nos hacen sentir como si hubiéramos robado algo. Es curioso, porque nada más acercarte al control de seguridad encuentras como comerciales ansiosos de captar un nuevo cliente de una conocida tarjeta de crédito tratan de venderte algo, pero pocos segundos después, en el propio control de seguridad sientes como si le hubieras robado a alguien… y con suerte acabarás descalzo, sin cinturón y cacheado por un miembro del equipo de seguridad si es que antes no has tenido que abrir la maleta para mostrarle al mundo tus miserias

Además es un lugar donde la gente pasea sin rumbo ni destino claro hasta que una pantalla que persiguen constantemente con la mirada, muestra a todos los pasajeros las “coordenadas” a las que dirigirse.
De pronto vemos como toda la gente que estaba alrededor de  la pantalla con mirada ansiosa en la misma y un tic nervioso que dirige sus ojos al reloj y a la pantalla… a la pantalla y al reloj, de pronto encuentran el sentido a esos minutos (horas) de absurda espera, se levanta con gesto decidido, agarra su equipaje y se dirige a la puerta de embarque casi a la carrera.


Pero el viaje no ha hecho más que empezar. Llegas a la puerta de embarque y comienza la competencia feroz por conseguir un buen puesto en la parrilla de salida, aunque por suerte no tan feroz como hace 2 o 3 años, cuando las compañías low-cost no vendían asientos asignados, sino que la política reinante era la de “maricón el último”.

Ahora al menos tienes tu asiento, pero el espacio en cabina se cotiza… incluso antes de subir al avión, ya que dependiendo de la compañía con la que vueles, el número de bultos con los que puedes subir a la aeronave puede quedar limitado a uno solo (caso especialmente injusto con las mujeres y su dicotomía maleta-bolso / bolso-maleta).

Pero en toda buena historia tiene que haber un punto de drama. Con los aeropuertos no podía ser distinto. Incluso sabiendo de antemano que –por ejemplo- Easyjet solo permite un bulto por pasajero, dependiendo del humor de la persona que está comprobando las tarjetas de embarque y los pasaportes y, seguramente, del número de pasajeros del avión, puede que seas “el elegido” para el más difícil todavía: meter en tu maleta el maletín del portátil todo esto sin que ésta reviente y además cumpliendo con las medidas estándar de cabina… que básicamente consiste en meter tu maleta a punto de explotar en un cubículo infernal donde apenas cabría vacía.

Si has llegado hasta aquí, estás cerca. Enhorabuena. Pero no cantes victoria amigo. Todavía te queda por sufrir el momento “codazos” cuando abren el acceso al avión. Dependiendo del destino (y por tanto en gran medida de tus compañeros de viaje) ese momento tendrá más o menos dosis de tensión y pelea. En el barro, españoles e italianos somos los más duros de roer, así que más te vale que estés atento a los idiomas que escuchas alrededor para elegir bien a tu compañero de batalla.

Por fin en el avión. Ahora sí que sí. Pues no. Estás cerca… pero todavía tienes que colocar la  maleta lo más cerca de su asiento. ¿Te acuerdas? Sí, esa maleta que te han hecho hinchar como a un pavo semanas antes del día de acción de gracia en EE.UU. Tendrás suerte si esa señora de 120kg termina de sentarse y te deja pasar, pero al llegar a tu sitio… mierda!! No ves forma de colocar tu fornida maleta, de modo que al final tienes que ponerla varios sitios detrás de tu asiento, lo que te asegura que has de dejar salir a todo el pasaje antes de poder recogerla cuando el avión llegue a su destino.

Enhorabuena, puedes sentarte y disfrutar del vuelo. ¿Disfrutar? Ah… ¿dices que mides más de 1,80? Entonces lo siento amigo, todo lo que has conseguido hasta ahora solo te va a llevar al castigo de 2 o 3 horas de vuelo con las piernas encogidas o las rodillas empotradas contra el asiento que está enfrente de ti… salvo que –como me está pasando ahora mismo- estés sentado en la salida de emergencia y realmente te sientas un triunfador (hay que ver con qué poco te conformas cuando has pasado por tantas miserias aeroportuarias)




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