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31 de agosto de 2014

Restaurantes de batalla

Este fin de semana hemos estado en Burgos para ver a mi hermano que vive en Casablanca, y como la familia caponata, hasta Burgos fueron mis padres desde Cóbreces, mi hermana desde Llanes y nosotros desde Madrid, para pasar un día y pico toda la familia en Burgos.

El sábado estuvimos dando un paseo y nos decidimos por un restaurante que está cerca de la Catedral de Burgos lo cual -por lo turístico de la zona- implica algún riesgo en cuanto a la calidad de la comida, pero mis padres ya habían comido ahí alguna vez y recordaban que la comida estaba bastante bien.

Nos sentamos en una terraza a la sombra (un poco fresco en mi opinión). La primera sorpresa vino cuando mi hermano le pidió la carta a un camarero extranjero. "No tenemos carta. Sólo estos menús"

Había un papel plastificado con un menú con 6 primeros y 6 segundos, del cual mis padres recordaban la sopa castellana y la morcilla, así que con un gesto de "es lo que hay", decidimos quedarnos y tomar el menú, pues a fin de cuentas la comida era lo de menos. Lo que queríamos era estar juntos y charlar mientras comíamos.

La comida no estuvo mal del todo (tampoco excelente, ni nada parecido), pero con buena relación calidad precio. Lo que fue lamentable fue el servicio. Nada para escandalizarse, pero mil y un detalles en los que los camareros demostraron que estaban allí de paso. De sustitución veraniega, y que lo mismo que nos los encontramos sirviendo en dicho restaurante, en el mes de octubre podrían estar en un andamio limpiando cristales y en el de febrero en una gasolinera.


Nada que reprocharles a los pobres muchachos. No es su culpa. Es culpa del dueño del restaurante, que decide contratar a dos extranjeros que chapurreaban castellano y a los cuales no se ha molestado en formar adecuadamente con conceptos básicos en restauración. Cosas como servir un plato, y no dárselos al que más cerca te pille para que el se lo haga llegar a su destinatario. Cosas como meter la mano en los platos para retirar los cubiertos. Estos son solo algunos ejemplos que demuestran que determinados empresarios dueños de restaurantes no le dan importancia a las formas, y se centran en hacer dinero aún a costa del servicio y la atención.

Es verdad que los sitios púramente turísticos funcionan más por rotación que por repetición. Van y vienen muchos comensales, pero difícilmente buscan en ellos una experiencia memorable para que vuelvan o -siquiera- comenten a sus amigos y allegados las alabanzas de aquel restaurante tan bien situado de Burgos. También es cierto que deberían respetarse ciertos mínimos de servicio. En casa me da igual que me pasen los platos y yo tenga que colocarlos en la mesa, pero se supone que si voy a un restaurante, pago por ese tipo de cosas.

¿Te ha pasado en verano?