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31 de agosto de 2011

Odio IKEA

Seguramente el título del post sea algo exagerado y yo sea un bicho verde, pero tras varias experiencias en el punto de venta de IKEA en varios establecimientos en España, puedo afirmar sin ningún género de duda que odio IKEA.

Y lo odio por varios motivos. Lo primero que se aseguran es de que “empaquetes” a los niños en su parque infantil, para, de esa forma, eliminadas distracciones y preocupaciones, podernos concentrar en el amplio y excelso proceso de compra. De todos modos este primer acercamiento ya tiene algún fleco que mejorar. Admiten a un número limitado de niños entre semana, y apenas puedes tenerlos una hora allí (a todas luces una gilipollez si analizamos todo lo que viene a continuación)

 Además, creo que IKEA es un foco de malos rollos y encabrones varios con tu pareja. No hablo de mí, hablo en base a la observación de caras, actitudes y conversaciones subidas de tono a lo largo y ancho de los interminables pasillos de IKEA. Gente discutiendo, miradas perdidas o al suelo, e incluso la sensación de que la mujer va por delante y el hombre a 5 metros por detrás con cara de “¿qué coño hago yo aquí?” Y también hablo por mí mismo. Porque a mí me provoca desazón y desidia (eso siendo cauteloso con las palabras elegidas) y me siento un poco más gilipollas que el resto de los días de la semana.

Además, provoca una alienación de los consumidores que, saben para qué van a IKEA, pero nunca saben con qué van a salir de allí. No es la primera ni la segunda vez que me pasa aquello de que voy a IKEA (por supuesto “animado” por mi mujer) a por “esto” o “aquello” y salimos de allí con el carro a rebosar porque siempre hay una cosa nueva que no puedes dejar pasar.



Y es que en sí mismo me molesta especialmente que me obliguen a pasarme por todas y cada una de las secciones de IKEA, con una estructura de pasillos más propia de un laberinto que de un retailer. O no. Porque precisamente ahí radica uno de sus éxitos. Colocan pequeños caramelos a lo largo y ancho de la tienda de forma que terminas picando, para satisfacción de uno de los retailers más importantes del mundo.

Sólo falta que nos pongan unas orejeras, como a los burros, para que se aseguren que seguimos el camino que ellos han predefinido para todos nosotros. En cierto modo lo hacen, y no tenéis más que fijaros en el suelo, lleno de flechas que nos indican el camino “adecuado” para una compra “óptima”.

Y para terminar el particular via crucis, cuando tienes apuntado convenientemente el área donde se encuentra tu producto de medidas especiales (sobre todo si tenemos en cuenta que a pesar de que a veces no lo parezca, ahí se va a comprar muebles), te diriges pasillo a pasillo hasta que llegas a la zona de “almacenaje de dichos productos”. Y ahí estás. En la inmensidad de una nave que ya no tiene ninguna decoración ni luz más que la imprescindible para no escornarnos por ahí. Los detalles que inundaban el “via crucis” han desaparecido de golpe, y todo se convierte en pasillos altísimos con unas estanterías que ya las quisiera para mi trastero, donde hay carteles con el número de pasillo, después con el número de sección y, finalmente, con la referencia del producto elegido (por cierto, más te vale haberlo apuntado bien, o date por jodido y a buen seguro tendrás que deshacer el camino, con la consiguiente frustración al cuadrado)

Y bien, si tienes fuerza bajas tu compra al carrito, pero te das cuenta de que apenas cabe. Logras colocarlo de una u otra forma y lo trasportas hasta la línea de caja, donde otros compradores como tu empiezan a preguntarse cómo es posible que –yendo a comprar una mesa para la tele (caso verídico, en mis propias carnes)- salgas de allí con todas esas cosas.

Pagas y te vas hacia el coche con cierta sensación de alivio a pesar de que el artículo inicial costaba 70 euros y te vas de allí dejándote casi el triple. Pero da igual…. Porque estoy a punto de ser libre. Veo el final del túnel, y lo único que me importa es llegar a él. Pero no. No podía ser tan sencillo. Resulta que el mueble original ¡¡¡no cabe en mi maletero!!!.

Explotas. Revientas. Lo sueltas todo en un “Te lo dijeeeeeeeeeeee. Esto es una mierda y aquí no cabe", a lo que tu mujer, satisfecha por la compra realizada responde con un “ya verás como sí, inténtalo meter entre los asientos de adelante y los niños”. Resultado, 15 minutos sudando como un pollo y la necesidad de unos ejercicios extra de respiración anti-estrés que terminan con un: “cariño, te espero aquí con el aire acondicionado y los niños, pero vete y descambia esto, porque tendremos que volver otro día con tu coche –y por supuesto sin niños- a cargar con la caja”

Resultado: Me voy sin lo que he ido a comprar pero con el coche lleno de cosas. Y lo peor está por venir. Tendré que volver a cargar con el artículo en cuestión. Pero he aprendido la lección. Iré solo y pasaré los pasillos al trote para evitar que me coloquen una bolsa amarilla al cuello y que multitud de artículos vayan depositándose en la misma como por arte de magia.

Y es que desde el punto de vista del negocio admiro lo que hacen, pero como consumidor, odio IKEA.
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