Mi hijo Jaime es futbolero prácticamente desde que nació. Recuerdo toda su infancia con un balón pegado a su pie izquierdo, y cuando estábamos en casa, jugando con coches.
Desde bien pequeño le he ido siguiendo por cientos de colegios y campos de fútbol (primero fútbol 7 y luego fútbol 11) de la Comunidad de Madrid. Jaime jugó en el equipo del colegio hasta que dio el salto a un club de referencia como el CD. Canillas, y en cadete eligió un club más familiar y cercano a casa como el CD. Trivema Naval. Este año termina el fútbol de escuela para él. Además de dar el salto a la universidad, dará el salto al fútbol aficionado... veremos dónde y cómo (y sobre todo, cuánto tiempo... porque a mí me pasó algo parecido con el baloncesto, y llega un momento en que acaba ganando la noche al deporte en serio, ya que terminan convirtiéndose en incompatibles)
El caso es que durante estos más de diez años siguiendo a Jaime por diferentes campos, he visto actitudes absolutamente lamentables de padres y aficionados. Gritos e insultos a los niños, peleas entre padres, amenazas a los árbitros, y en general un ambiente marrullero. Sucio. Feo.
Siempre cuento una anécdota, yo que vengo del baloncesto, que refleja lo que para mí es un deporte con un alto componente de "violencia". Recuerdo que con 15 o 16 años, mi padre me llevó al Sardinero (estadio del Racing de Santander) a ver un partido contra el Real Madrid. Era mi primer partido de fútbol en directo, y recuerdo que, estando sentado en nuestras localidades, nada más salir el Real Madrid a calentar al campo, todos los aficionados se pusieron a chillar y abuchear al rival. Bueno; hasta ahí vamos a catalogarlo como "normal", desde el punto de vista de demostrarle al rival que no son bien recibidos y que la afición local está con su equipo. Pero lo que recuerdo con horror fue que todo el mundo a mi alrededor empezó a insultar de las formas más tremendas posibles a los jugadores que pasaban por allí, y yo le pregunté a mi padre: "¿pero por qué insultan, si no han hecho nada?"
El público del baloncesto es mucho más racional. Más tranquilo. Más cabal. Obviamente habrá de todo y también he vivido situaciones de bronca, pero lo que me sorprendió fue la personalización del insulto. En basket puedes silvar y abuchear decisiones arbitrales que consideres injustas, pero no te llevas por delante al árbitro ni a sus muertos, ni a su puta madre como he escuchado un montón de veces en los estadios de fútbol profesional (no hablemos del tema del racismo, porque es otro tema que no consigo entender), y en menor escala también en el fútbol infantil.
Otra anécdota (y creedme que tengo cientos para contar, pero para vuestra tranquilidad, no es la idea de este post). Una vez, cuando Jaime era infantil, estábamos jugando contra un equipo que no recuerdo. Íbamos ganando dos cero y nos expulsaron a un jugador. Ni siquiera recuerdo si justa o injustamente; y poco importa, la verdad. El caso es que en los últimos minutos del partido nos empataron, y de pronto, el árbitro se descolgó añadiendo un montón de tiempo de más. Me suena que al menos 9 minutos, lo que era del todo inusual, y menos en partidos que se juegan a dos tiempos de 35 minutos. El caso es que parecía que el árbitro no iba a pitar hasta que el equipo rival metiera otro gol y nos ganara. Y efectivamente, así ocurrió. No os podéis imaginar los gritos e insultos de todos y cada uno de los padres, madres, hermanos y demás aficionados de mi propio equipo. Me resultó tan ofensivo que (yo que no me meto en nada), me acerqué a uno de ellos y le dije algo como:
- "Vale ya, ¿no? No estamos jugando la final de la Champions League", a lo que el padre exaltado me contestó algo como lo que sigue:
-"Será para ti. Para mí esto es más importante. Déjame en paz".
Vale, pues nada. Ya estaría. Asunto resuelto. No hay más preguntas, señoría. Pero es importante que entendamos lo que estamos reflejando en nuestros hijos. Lo que ellos ven de nuestro comportamiento. El fútbol es un deporte, y como tal, en el deporte se gana y se pierde. Justa e injustamente. Los árbitros (pobrecitos) hacen lo que pueden, sin maldad ni sesgo (aparente), y encima cobran una cantidad insignificante para que padres vuelquen su frustración sobre su espalda, dando un pobre ejemplo de los valores del deporte. Si os interesa, escribí sobre cómo el deporte podía ser un pilar en la formación.
Lo cierto es que escribí una vez sobre el lamentable comportamiento de los padres en el deporte base y aprovecho para volver a hacerlo, destacando esta campaña que he visto hoy en el Marca y que precisamente pone el dedo en estos comportamientos de los padres que hacen que los niños no disfruten de su afición preferida. El fútbol
No es pasión. Es presión. No es animar. Es asustar. No es corregir. Es humillar. No es querer que mejore. Es hacerle tener miedo de fallar. El deporte es un juego. Y se lo estamos robando a los niños
Aquí algún otros ejemplo de la campaña, ya en un tono más jovial y que -por cierto- veo que tienen ya unos añitos... pero por desgracia siguen estando vigentes.
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